jueves, 26 de abril de 2012

Le Perí – Renacimiento e Iluminación (Parte 2)


En la publicación anterior, los orígenes de le Perí, al comienzo de la historia mencioné las siguientes preguntas aparentemente descontextualizadas:

¿Cuántas veces he intentado que la persona que me gusta encaje dentro de los parámetros que yo quiero?

¿Cuántas veces he descartado o dejado pasar a una persona valiosa porque no es como yo quiero que sea?

La aparición de esa hermosa vida emplumada, con un tinte verde sinónimo de vida y vitalidad, comenzó a marcar una pauta en mi vida cuadriculada. Alguna vez tuve un azulejo bautizado como Zulu, también proveniente de un suceso mágico de la vida, descendiente de las paraves (espero que ya haya consultado wikipedia como le aconsejé ^_^), cuya domesticidad y mansedumbre eran a prueba de fuego. Pero por un infortunio la vida me separó de aquel ser de hermosas cualidades, dejándome el anhelo a futuro de volver a compartir de esa cercana manera con otro descendiente de los dinosaurios emplumados. Años después intenté con un copetón (ver en google - imágenes ^_^), experimento exitoso pero que volvió a irse de mi lado, esta vez no por un infortunio de la vida, sino porque él decidió irse con una parranda de nuevos amigos, y yo me quedé contemplando sin poder evitar lo que acontecía.

Así como mis visitantes bípedos emplumados, las personas entran a mi vida muchas veces como producto de acontecimientos mágicos, como cuando apareció Zulu en mi patio, literalmente caído del cielo, así mismo he conocido personas valiosas caídas del más allá. Pero ahora que lo analizo, lo que hice con Zulu es lo mismo, de alguna manera y guardando las proporciones, que he hecho con esas personas que he conocido.

A Zulu yo lo cogía con las manos, lo subía, lo bajaba, le hacía bromas, lo metía en una jaula o lo dejaba libre en mi patio o habitación. Si se me antojaba me bañaba el cuerpo con él y a la salida del baño terminábamos los dos envueltos en una toalla. Aunque tenía que soplarle un poco de aire caliente con el secador de pelo para evitar que sufriera de mucho frío.

En conclusión, yo no amaba a Zulu por lo que era, sino por ser el animal que yo quería que fuera. Yo quería compartir mi vida con un pájaro que se dejara coger, acariciar, y hacerle todas esas cosas que he mencionado. Aunque a primera vista pueda sonar chistoso y hasta bonito: “Tan tiernos los dos envueltos en una toalla, ¿A quién se le ocurriría bañarse con un pájaro y aplicarle shampoo?”, aunque todo lo que hice en apariencia era para su bien, al mismo tiempo, si lo analizamos con mayor profundidad, lo que hice con él era más la ambición o el egoísmo de que él fuera el pájaro que yo quería que fuera, pero: ¿Alguna vez me pregunté qué quería él? ¿O me cuestioné si lo que le hacía era consistente con su propia naturaleza?

Alguna vez intenté domesticar un canario, y en general cuando un pájaro no se comportaba como yo quería, perdía interés en él porque me daba rabia que los pájaros fueran tan ariscos: “No saben lo deliciosas que son mis caricias ni lo chévere que es que yo los coja”, pensaba yo. Y la impotencia de que no fueran tan dóciles terminaba haciéndome perder interés en ellos. Pero ahora descubro que es justamente lo que yo hice con las mujeres.

Si yo idealizaba que con María podía hacer determinadas cosas y que ella fuera de determinada manera, si eso se cumplía entonces mi amor por María aumentaba, pero si no se cumplía comenzaba a perder interés en ella. Entonces terminábamos la relación, y me cuadraba con Lorena. Pero tan pronto ella dejaba de parecerse a ese ideal que tenía, entonces sentía que no éramos compatibles y terminaba con Lorena, pensaba que debía aprender a elegir mejor pareja, entonces me daba un tiempo y me cuadraba con Juliana. Las cosas pudieron durar más tiempo, pero como siempre, al final no somos compatibles. Algunas amigas me decían: “Pero es que tú eres muy exigente”. Y yo pensaba: “De acuerdo, soy muy exigente, ¿Algún día encontraré a alguien que se ajuste a mis exigencias?”. Y así pasé un buen tiempo haciéndome esa pregunta y conociendo personas que no encajaban. De la misma manera en que pude estar cerca de muchos tipos de aves o animales que al no tener la docilidad que yo quería, simplemente los ignoré y no disfruté de ellos.

Hoy descubrí algo trascendental: todas esas mujeres que conocí eran muy valiosas y ahora varias están casadas. Eso duele un poco en el ego personal, pero más aún cuando analizo y descubro que todas ellas me aceptaban como yo soy. El problema fui yo que no las acepté como ellas eran. Y ahí es cuando empiezo a entender que el problema que siempre he tenido es que mi concepto de amor y de relacionarme con otros es inadecuado; yo necesito que la otra persona me permita invadir su privacidad, su intimidad y hasta su esencia. Insinuar que una mujer tiene que ser de cierta manera, y debe adaptarse a ciertas cosas, es igual que insinuar que un azulejo silvestre o un canario tenga que dejarse manosear (lo que yo llamaba caricias deliciosas), invadir su territorio (lo que yo llamaba hacer cosas por su bien, que incluye el manoseo, porque su cuerpo también es su territorio), invadir su libre albedrío para que haga lo que yo deseo. Ahí no amo al otro ser sino a mí mismo y por eso transgredo sus límites.

¿Y a todas estas, qué tiene que ver todo esto con Periquinguis alias le Perí? Fácil, le Perí, como lo describí en la primera parte de esta historia, desde el primer día que llegó a mi casa entró con dignidad. Entró agarrándose duro y picando fuerte porque todavía tenía una dignidad y una fragilidad qué defender. Se dejaba coger no por sumiso ni por gusto, sino porque estaba tan aporreado, maltratado y manoseado que no podía volar.

Al día siguiente, amaneció con mejor semblante, y yo, nuevamente sumergido en mi egocentrismo, pensando que lo mejor para él era que hiciera lo que yo quería y se ajustara a mí (Como hacía con las mujeres que conocí en el pasado), preparé un baño y tranquilamente lo fui cogiendo y manipulando a voluntad. Lo dejé en una rama que puse en mi habitación mientras preparaba el baño, y cuando volví, no vi al periquín. Busqué por varios lugares y lo encontré escondido en un sitio donde la única manera de llegar allí era volando. Ahí descubrí que podía volar y a partir de ese día Periquinguis empezó a poner sus reglas.

Todo fue una negociación. Su valiente dignidad me hizo darme cuenta de que no se iba a dejar dominar tan fácilmente. Porque una vez recuperó la vitalidad de su cuerpo y la composición de sus plumas, no permitía que mis manos se acercaran a más de treinta centímetros de su existencia en recuperación, porque de lo contrario emprendía el vuelo y no se dejaba tocar. Yo ahí empecé a desilusionarme (como cuando María empezó a dar muestras de que no iba a hacer lo que yo quería) y pensé: “Lástima, el perico no era como pensé. Resultó arisco y poco sociable”. El día anterior se dejaba manipular, pero al día siguiente parecía más un perico salvaje. Pero luego pensé: “¿Cómo es posible que cuando estaba aporreado, traumatizado y con su frágil existencia pendiendo de un hilo lo veía como el perico ideal para mí, pero ahora que se comporta enérgico y salvaje entonces pierde su gracia?”. Ahí fue cuando en mi cabeza algo empezó a hacer “click” y a reaccionar.

¿Eso significa que cuando las mujeres en el pasado se comportaban conforme su dignidad, creencias y forma de ser entonces perdían su gracia, pero cuando se ajustaban a mí, renunciando a lo que ellas eran, entonces las veía perfectas? Todas esas preguntas que me hacía y todo lo que me estaba pasando con mi actual pareja comenzó a convertirse en un remolino en mi mente y en mi corazón. Mi actual pareja me había ayudado a entender muchas cosas, yo ya estaba avanzando en mi comprensión sobre este tema, pero de repente llega le Perí y me da la lección que me faltaba. Periquinguis resultó bastante interesante, porque aunque no se dejaba tocar, dejó de ser agresivo y no volvió a picar ni a tener gestos de violencia. Era una manera de decirme: “Aunque tu raza de monos salvajes que se creen evolucionados me ha lastimado mucho, yo a ti no te tengo rencor y estoy dispuesto a tener una pacífica convivencia contigo, siempre y cuando respetes mi cuerpo, mis espacios y mi forma de ser”. Y no es que ahora yo sea ventrílocuo o algo por el estilo, pero su manera de perdonar u olvidar parte del pasado, y comenzar una nueva vida con dignidad era algo que no podía pasar desapercibido ante mi mirada. Él no había olvidado su pasado, porque todas las cosas a las que le teme le sigue temiendo, simplemente que me estaba dando una oportunidad.

Las reglas del juego que Periquinguis me impuso (los pájaros tirándole a las escopetas) comenzaron a ser de la siguiente manera:

  1. Si me dejas libre en tu habitación y cerca de la ventana, a cambio yo me comprometo a quedarme juicioso en una rama, procurando defecar únicamente cuando esté en el palo para no ensuciar el resto de la habitación.
  2. Yo no te tengo rencor ni intentaré picarte, siempre y cuando mantengas las distancias y no trates de cogerme porque la grasa natural de tus manos afectan mi plumaje y me “emputa” tener las plumas pegajosas y grasientas.
  3. Permito que me cojas únicamente por la noche para guardarme y abrigarme en la jaulita donde está mi comida y bebida, siempre y cuando esa manipulación no dure mucho tiempo, porque de lo contrario intentaré escapar y me enojaré contigo. Si son pocos segundos yo estaré tranquilo.
  4. Si me pones música yo cantaré. Y en general, cada vez que cante lo haré para que sepas que estoy viviendo feliz.
  5. Estoy dispuesto a aprender las cosas raras que quieres que aprenda, a superar ciertos miedos con las telas y los objetos que me dan pánico, pero no te pases y respeta mi espacio. No olvides que mi cuerpo es sagrado y me “emputa” que me cojan.
  6. Si bien no permito que tus manos se acerquen tanto a mi por las razones ya expuestas, permitiré que acerques tu rostro todo lo que quieras porque sé que es un acto de confianza y tu mirada no me produce temor.
  7. Si te vas de viaje, déjame la jaulita cerca para poder entrar a comer, como siempre, pero no olvides dejarla con suficiente comida. Si me da hambre y no tengo comida a mi alcance, tendré que salir de la habitación y cagaré donde se me de la gana mientras busco comida.

En términos generales mi convivencia con él se ha enmarcado bajo esas reglas, impresionantemente puedo escribirlas porque así se cumplen a diario a pesar que le Perí no sabe hablar español y en teoría no es un ser racional, pero, ¡Dios mío!, ¿Qué más racional que esa dinámica impuesta por él? Porque si fuera por mí, ya estaríamos los dos envueltos en una toalla luego de un baño caliente y espumoso. Pero al perico ni si quiera le gusta el agua; y a propósito esa es otra regla impuesta: “Ok, dejo que me mojes una vez al mes, pero ¡Detesto el agua!”. El perico cambia de plumas y de alguna manera esa renovación lo hace ver limpio porque las plumas sucias se caen. Sin embargo hay polvo en el ambiente y me parece sano de vez en cuando echarle algo de agua para que quede limpio. Pero ahora lo hago pensando en su naturaleza. ¿Alguna vez han visto un perico bañándose con agua caliente y shampoo? En realidad yo nunca he visto algo semejante, salvo mis víctimas del pasado, así que gradúo la manguera de agua del patio en modalidad llovizna y simulo un pequeño aguacero para que él se bañe de manera y temperatura más naturales. Creo que ahora los baños esporádicos los disfruta más.

Pero lo más asombroso de todo, es que estoy disfrutando de esta convivencia. Él se comporta como es, sin tapujos, sin sumisiones forzadas, auténtico, libre dentro de lo que cabe decirlo (probablemente si lo dejara en total libertad moriría de hambre o depredado porque lamentablemente ya no está en su hábitat natural), puedo contemplarlo sin atentar contra su territorio y dignidad. Y él me contempla a mí, desde su palo en la ventana, cuando está enérgico vuela al rededor y aterriza nuevamente en su palo. Ha cumplido su promesa, en general no me ha dejado recuerdos fecales en mi espacio, sólo hace sus necesidades en su espacio donde le puse unos periódicos, y así como él respeta mi espacio yo respeto el suyo.

Todo esto ha sucedido en aproximadamente 3 meses, mi vida afectiva ha cambiado, y en la tercera parte de esta historia contaré el desenlace y cómo esta experiencia me ayudará a tener una esposa hermosa, definitiva y vivir para siempre a su lado.

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